A los treinta y ocho años, Montaigne se retira. No quiere ya servir a nadie sino a sí mismo. Está cansado de la política, de la vida pública y de los negocios. Es un momento de desilusión. Y, en cierto modo para impedirse a sí mismo el regreso al mundo, hace grabar una inscripción, en latín, en la pared de su biblioteca:
EL AÑO DE CRISTO DE 1571, A LA EDAD DE TREINTA Y OCHO AÑOS, LA VÍSPERA DE LAS CALENDAS DE MARZO, ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO, MICHEL DE MONTAIGNE, DISGUSTADO DESDE MUCHO ANTES DE LA ESCLAVITUD DE LA CORTE Y DE LOS CARGOS PÚBLICOS, SINTIÉNDOSE TODAVÍA EN PLENO VIGOR, VINO A REPOSAR EN EL SENO DE LAS DOCTAS VÍRGENES, EN LA CALMA Y LA SEGURIDAD; ALLÍ PASARÁ LOS DÍAS QUE LE QUEDAN POR VIVIR. ESPERANDO QUE EL DESTINO LE PERMITA ACTIVAR LA CONSTRUCCIÓN DE ESTA HABITACIÓN, DULCE RETIRO PATERNO, LA HA CONSAGRADO A SU LIBERTAD, A SU TRANQUILIDAD Y A SUS OCIOS.
Esta despedida será más que un adiós a los cargos. Será un rechazo al mundo exterior. Hasta el momento ha vivido para los demás, ahora quiere vivir para si mismo. Hasta el momento ha hecho lo que el cargo, la corte y el padre le han exigido. Ahora hará sólo lo que le venga en gana. Ha acumulado experiencias y ahora quiere encontrarles un sentido. Michel de Montaigne ha vivido treinta y ocho año; ahora quiere saber quién es en realidad este Michel de Montaigne y no ocuparse sino de su propia vida y su propia muerte. Ha tenido bastante.
Montaigne. Stephan Zweig. 1942

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